miércoles, 1 de agosto de 2018

EL FILÓSOFO DE GÜÉMEZ

¡…Vinieron a despedirme!
Por Ramón Durón Ruíz (†)
HOY, transcribo un fragmento del excepcional discurso que Bryan Dyson, ex presidente de la Coca-Cola, diera a un grupo de egresados universitarios en EU; dijo: “Imaginen la vida como un juego, en el que ustedes hacen malabarismos con cinco bolas que arrojan al aire. Son: el trabajo, la familia, la salud, los amigos y el espíritu.

Pronto se darán cuenta de que el trabajo es una bola de goma. Si se cae, rebota. Pero las otras cuatro bolas: familia, salud, amigos y espíritu, son de vidrio. Si dejan caer una de esas, van a quedar irrevocablemente dañadas. Nunca volverán a ser las mismas. Compréndanlo y busquen el equilibrio en la vida… Si viven un día a la vez, vivirán todos los días de su vida.”
Ese es precisamente el secreto que amorosamente enseñan los abuelos de Güémez: trabajar en el equilibrio de tu vida; el cual encontrarás mientras luches, vivas, sueñes con tu felicidad, ocupándote para que las cosas más simples sean un auténtico agasajo… un tesoro de vida.
Los abuelos, enseñan que tu tarea diaria es “hacer que el HOY sea tu mejor obra de arte”, olvidándote del ayer –ése ya pasó–, y omitiendo preocuparte por el mañana –ése después llegará–, lo mejor que tienes para disfrutar tu vida y ser feliz es el HOY… aprende a gozarlo.
El HOY, es un milagro. Aunque “no viene envuelto… es un regalo” vívelo con la intensidad del sol, recuerda que mientras millones de seres humanos tienen hambre, sed, viven en la calle, carecen del pan de cada día, no saben leer ni escribir, están enfermos o sufriendo un padecimiento terminal; HOY, tú gozas del poder de la vida y de la salud.
Aprende de los viejos de Güémez, que se recrean en cada nuevo amanecer, tienen una alquímica facilidad para olvidar los agravios; no odian, aman mucho, perdonan más; saborean los alimentos –por más modestos que sean–: tienen muy arraigado el don de dar, dar amor, dar una sonrisa, dar alegría, su vida se pasa en dar.
Cuando digo que cada abuelo es una escuela de vida, es porque ellos tienen la fuente del amor a flor de piel, gozan en la magia de disfrutar cada instante con satisfacción y alegría, son la muestra más ardiente del entusiasmo con el que se debe caminar por la vida.
Ellos viven el HOY, no para alimentar su ego, mucho menos para competir… sino para compartir sus sabias enseñanzas; es en el HOY donde comienzan una vida llena de dicha, liberándose de lo que los limita, porque saben que dentro de ellos está ese potencial que necesitan para lograr que su vida esté en equilibrio y sea plena.
Los abuelos saludan el HOY con la seguridad de que no sólo vivirán plenos y sanos, también alcanzarán sus sueños; eso hace que su vida, además de encantadora sea única, porque con su actitud y pensamientos positivos dejan de divagar por los errores cometidos, tampoco se angustian por el futuro, concentran sus sentidos en el HOY.
Los abuelos se dan el permiso de dejar a un lado el perfeccionismo; aman, sabiendo que son fuente inagotable de vida, de bienestar, prosperidad, felicidad, de bienaventuranza; será porque el tiempo les ha enseñado que el amor tiene el milagro de conducirlos al aprendizaje de saber que son el mayor don de la vida, que HOY están aquí, no para sobrevivir sino para vivir en abundancia de bienes, triunfar, ser felices... y amar.
Lo anterior me recuerda a los tres gallegos que se habían avecinado en Güémez; cierto día llegaron a la estación del Ferrocarril de Cd. Victoria, en Tamaulipas, en el mismo instante en que estaba partiendo el tren de pasajeros a la ciudad de Tampico.
Desaforadamente comenzaron a correr porque el tren ya estaba en marcha. El primero logró subir con ayuda del boletero; el segundo, con mucho esfuerzo, también logró trepar, pero el tercero no pudo alcanzarlos, y exhausto por la infructuosa corrida, se quedó en el andén.
El viejo Filósofo de Güémez, que se encontraba recibiendo a unos familiares, al percatarse de lo sucedido, le dice al gallego:
–– Bueno Manolo, de tres subieron dos, es un buen promedio.
A lo que Manolo, con tono de resignación le responde:
–– ¡Joder Filósofo!, que tenéis mucha razón, sólo que el que tenía que viajar era yo…¡¡¡ELLOS VINIERON A DESPEDIRME!!!

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