miércoles, 10 de abril de 2019

LOS CAMINOS DE LA VIDA

Paseando por Zihuatanejo
La amistad con Pancho Ruiz es antigua, hermosa, placentera, gratificante y divertida; él ha sido un gran cronista comunitario, agudo, crítico y romántico, demostrando un amor inescondible, incomparable y perenne por Zihuatanejo. 

 Cada tarde es placentero ir a quitarle su valioso tiempo para dirigir la plática hacia la historia reciente y las anécdotas más memorables de este hermoso “lugar de mujeres”. Así cumplimos con esta visita, porque sabíamos de su amor por su tierra y sus juicios de valor que emite con gran cariño hacia sus pobladores costeños… y en su tierno relato social dejamos esta historia, como un inolvidable acto de amor.
“En el Zihuatanejo del pretérito y sobre el muelle viejo había una casita de madera, donde ahora están las oficinas de la sociedad cooperativa, donde se encontraba el señor Fermín López, celador de la Capitanía de Puerto, para vigilar que todo estuviera en orden en la playa y sus alrededores.
Más adelante estaban los pilotes que quedaban de la parte del muelle que nunca llegó a construirse, y por este lugar, había un lanchón, de esos de la Segunda Guerra Mundial, que habían encontrado a la deriva en el mar, y que habían remolcado y varado hasta ahí… era una lancha rara, pues era triangular y sus esquinas se encontraban truncas y redondeadas. 
Unos metros más adelante estaban los baños y unos cuartitos de madera que tenía la Casa Eugenia, después se hallaban unos hotelitos de la Casa Aren y la Casa Elvira, con cuartos de madera pero muy bien hechos, con habitaciones muy bien construidas, atractivas e inspiradoras, bonitas, barnizadas y conservadas, ya casi en la playa.
Más para acá estaba un espacio libre, antes de llegar a lo que era la Refresquería La Flor de Zihuatanejo, que fue de las primeras que estuvieron a la orilla de la playa, y donde vendían paletas, refrescos y cervezas, con la gran atracción de que ahí había una rockola donde escuchábamos las canciones populares de ese tiempo, cuyos dueños fueron Panchón Martínez Ávila y de doña Luisita, padres de Jaime y María Luisa Martínez, y tenían una terracita muy bonita y espaciosa, de donde se veía que casi reventaban las olas, en este local legendario.
Después había una higuera grandotota y de forma muy irregular, de donde sobresalían sus raíces, y que se calculaba que tenía más de sesenta años, en ese tiempo; en este lugar había unas cevicherías donde trabajaban y vendían Julio Pineda y Jerónimo Rincón, con esta última llamada La Vitamina, quienes ahí ponían sus mesitas. Y casi donde está ahora la cancha de basquetbol, ahí tenía una cabañita el señor Belisario Rodríguez, donde todas las tardes jugaban dominó y se echaban unas cervecitas los lancheros que iban saliendo de la pesca, donde iban a jugar Ángel Pineda, Irlaín Ruiz, Carmelo García, Silvano Hernández, entre otros muchos más, hasta casi a las ocho de la noche, que era cuando ya cerraban el local.
Y ahí ya había un acceso que bajaba del jardín hacia la playa; luego se pasaba a un restaurante-bar que se llamó El Bongó, que pertenecía al hotel Safari, que se encontraba a un lado del campo de aviación y tenía una alberca muy grande y muy bonita, y que era del señor Carbajal y de doña Cuquita, padres de Jaime y de Ítalo, y me acuerdo muy bien porque a mi papá le gustó tanto este último nombre, que así le puso a mi hermano. 
Inmediatamente había un espacio de playa adonde se anclaban dos embarcaciones que pertenecían al hotel, que servían para pasear a los turistas por nuestra bahía Cihuatlán, una se llamaba El Chepillo, como un tipo de barquito y una lancha ya convencional, como las de ahora, que se llamaba La Barracuda, y que en estas barcazas llevaba mi padre a pasear y a pescar a los turistas que se hospedaban en el hotel, adonde llegó a trabajar después de que terminó de laborar en la Secretaría de Marina, cuando tenían las obras del puerto, cuidaba estas embarcaciones.
En El Bongó se tocaba, se bailaba y se disfrutaba de salsa, merengue, cumbias y guaracha, con un músico excelso que venía cada año y en tiempos del carnaval, que se llamó Manolo Ramos, que llegaba desde antes a festejar los cumpleaños de los profesores Nilo y Toño Valencia, y aprovechaban para hacer la rumbada, como ellos le llamaban… El Bongó tenía unas cortinas de coco con alambres, muy hermosas y vistosas, eran como persianas, y se convirtió en un lugar memorable, pues se ponía bueno el ambiente y adonde íbamos a ver bailar a las muchachas y a las gringas, hasta como a las doce de la noche, que para ese tiempo ya era bastante tarde en el pueblo.
Un poquito más allá estaba otra ramada grande, que era de Chucho El Pirata, que funcionaba hasta cerca de las once de la noche, donde vendían cervezas pero además había otra rockola que ambientaba alegremente a los comensales, siendo también completamente en el área de playa; y enfrente, donde ya es El Paseo del Pescador, hubo otra refresquería que se llamada Los Alpes, donde se escuchaba una música selecta y de moda, como de Los Beatles, Los Tridend´s, con Let it be, Yesteday y Satisfaction, Outro, respectivamente, donde servían las nieves más grandes y funcionaba como cervecería. Los Alpes pertenecieron a la familia Bucio, doña Estela Bucio Pimentel, que todavía vive; preparaba las paletas, las nieves, las bebidas, y era una casona grande que en otro tiempo funcionaba como una de las grandes bodegonas de ese tiempo, donde guardaban las mercancías que traían los barcos de Acapulco, como el María Martha, El Oviedo y El Tecoanapa, que hacían el comercio para acá, igual que guardaban en La Casa Marina y donde ahora está El Coconut´s y también en la casa de don Salvador Espino, que estaba ahí enfrente, donde ahora vive doña Lupe, y eran construcciones muy altas, amplias y grandes, hechas con un tablillón cuadrado como de veinte centímetros cada uno… no era el tabique normal… y los pegaban con cal de ostión: ponían a cocer la cal, remolían la concha de ostión y así la iban pegando, según nos platicaba mi abuelo, y quedaba bien firme, de hecho varias casas antiguas están hecha de este material, y ahí están bien paraditas… después pusieron la primera Bocana, de don Amado Sotelo, sobre la propiedad de la familia Castro.
Y había una ramadita del hotel Ávila donde llegaba mucho un personaje muy recordado entre los moradores de este lugar, al que todos le decíamos Cri-cri, que fue el que tomó cientos de fotos en los años sesentas y setentas, y que cuando decidía tomar algunas fotografías les decía a las personas, “click click”, mientras les mostraba su cámara fotográfica para que aceptaran posar o que fueran tomados, y que a la vuelta de cincuenta años vinieron a dar a nuestro pueblo, y ahí andan distribuidas por todo Zihuatanejo… gracias Cri cri, adonde quiera que te encuentres.
Más adelante estaba el hotel Arcadia, que era de pura costera de palma, pero muy bonito, que hasta se inspiraba uno para estar ahí, con un chapoteadero que tenía en la esquina, y estas instalaciones fueron muy codiciadas por todos nosotros, los chamacos, porque tenía un arbolote que daba unas almendrotas rojas y las peleábamos porque eran sabrosísimas, y como no había otra cosa para comer, pues nos quedaba de maravilla.
Y por ahí había un pasillo memorable, entre el Arcadia y el palacio federal, que, uyyy… si ese andador hablara, por sus anécdotas e historias… no cabrían en un libro. 
En aquella época nos citaban a las cinco de la mañana a izar bandera y a las seis de la tarde a arrear bandera, y pues ahí íbamos toda la chamacada a cumplir con nuestra escuela y con nuestros maestros; para nosotros fue muy bonito, nos encantaba ir haciendo travesuras, y más con las muchachas… de ahí guardo recuerdos muy hermosos.
Y en El Palacio Federal estaban todas las oficinas de este nivel, hacienda, correos, telégrafos, migración, la capitanía… y no había barda que dividiera a estas instalaciones con la primaria… andábamos libres.
 Y ahí pegado estaba el estero de la Boquita, como le decíamos, con un muro como de tres metros de alto, pegado al palacio; de ahí nos tirábamos clavados a la laguna cuando estaba limpia el agua, y también de la azotea de los baños de la escuela nos aventábamos, porque esa área era profunda y hermosa.
 Ya pasando el estero estaban Las Manzanillas, que era una familia que ahí vivieron, pegados al primer panteón que hubo en Zihuatanejo, inclusive, pegado al museo, era una parte de este primer panteón, luego lo trasladaron un poquito más para allá, hasta que lo fueron invadiendo los vecinos, de tal manera que ahora sólo queda un espacio simbólico de lo que era, en una esquinita. Y por ahí solamente había una franja alta, que quedaba sin inundarse, porque todo el centro de Zihua se inundaba, a lo que la gente le llamaba pleamar y bajamar, lo que ahora le dicen mares de fondo y mares de superficie, que son los niveles más altos y más bajos que tiene la marea; esta zona del estero tenía unos huizaches bien grandes, con espinas largas y anchas, yo creo que de ahí viene mi apellido, pues es Espino.
En la playa el ambiente empezaba a las cinco de la mañana, porque te ibas al muelle a ganar un espacio para pescar, y había personas que a las cuatro ya iban rumbo al muelle o ya estaban pescando, como mi tío Félix Olea, que venía desde Agua de Correa, también Balajú… diario.
Con las arañitas, que eran cuerdas con tres anzuelos, sacabas la carnada de ojotones vivos, y tirábamos la cuerda para sacar jureles, y si se ganchaba uno, todos a sacar sus cuerdas para que no se hicieran coca; y hasta las nueve de la mañana que nos íbamos ya con la pescada lista para comer.
Y durante la mañana y parte de la tarde, todos a sus labores del campo, del comercio, de la pesca y de la casa, a estudiar y a trabajar, era un pueblo muy laborioso e inolvidable, tanto en sus rutinas como en sus costumbres. 
Ahora bien, entre la casa de don Salvador Espino y Los Alpes estaba una cancha de basquetbol, y la otra estaba entre la escuela primaria y el palacio federal, ahí se hacían las retas de tercias o de quintas, mientras a otros nos daba por ir a jugar futbol playero, con Salvita Espino, Gilberto Espíritu, Tino Flores, mi hermano Fernando, Benjamín Aburto, Fausto Ruiz Olea, de Pantla venía un muchacho de los Aburto, Ismael García, Nacho Aburto, Temo Palacios, Agustín Pineda, y que me disculpen los que me faltaron, todos ellos eran los que formaban la selección de Zihua, en básquet, voli y fut…. y de Corral Falso y de Coyuca venían a ver a mi hermano para que fuera a jugar con ellos… estaba Baltazar Bracamontes, un hombrón como de 1.85 metros de altura… todos ellos eran la base de la selección de Costa Grande.
Y todos los domingos se jugaba béisbol en el campo adonde ahora está el hospital general, con los equipos de Agua de Correa, de La Noria y del centro, mientras que del Barrio del Mitote, esos fueron buenos para el box, con Agustín El Torito Alvarado y Kid Tabaco, de los Ruiz, donde el boxeo tomó auge aquí, de ahí salieron Artemio Ruiz, que llegó a ser campeón mundial y se fue hasta Inglaterra y Japón, el Zurdo Rosas, el Zihua Morales… y de La Noria, Amadeo Farías y Santos Soto, que después se hizo réferi, y ahí andaban tus compadres Chava Valdovinos, Wino  y José Chávez.
Y ahora les pido permiso para recordar nuestras vivencias personales, que sirvan como un pequeño homenaje a mis padres y hermanos. Fíjense que mi mamá tenía una casita por donde vivían los Miranda, y poco a poco compró la tubería para meter el agua potable hasta donde está la primaria Insurgentes, y pagó, con su propio dinero, para conectar la tubería, porque para esa parte no llegaba el agua entubada; y de ahí empezaron a lotificar esos terrenos que eran de la familia Palacios, de los Zúñiga, de los Maciel y de los Ambario, y así se fue formando la Colonia de Los Hermanos… también recuerdo por ahí a nuestro maestro de música Joel Aguilera.
 Y aquí viene mi reencuentro con la historia familiar, pues mi santa madre, doña Micaela Espino tuvo una chocomilería llamada Lulú, que fue muy reconocida y con una gran clientela, donde vendíamos chocomiles, gelatinas, tortas y los panes de nata y de naranja que ella preparaba y que le quedaban riquísimos, y la gente venía a comprar desde las seis de la mañana.
Yo me levantaba desde las cuatro de la mañana a llevarle a mi abuelita su mercancía a la placita que servía de mercado aquí, y luego me regresaba para raspar el hielo, a puro pulmón, a pura mano; hacíamos el jugo con mis hermanos, sacábamos las gelatinas, y allá vamos corriendo a la escuela, lo que se volvía un paseo hermoso irse a la primaria y luego pasar a la secundaria, entre las huertas y senderos hermosos llenos de sol, plenos de sombra y románticamente tapizados de trabajo, estudio y amistad, por siempre. 
Gracias a la vida por estas vivencias tan preciosas que se vuelven inolvidables, y que han quedado por las sendas de las añoranzas y los hermosos recuerdos”.
Y el corazón se henchía de felicidad y satisfacción por abrir sus telones de la historia comunitaria, donde Pancho Ruiz entregó el corazón a su matria querida, campeando en el ambiente el dulce amor que tiene nuestro gran amigo y cronista, para Zihuatanejo.







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